Reinventarse es mucho más que amar lo que haces

Hoy te traigo un post invitado escrito por Vanessa Gil. Te animo a visitar su web y conocerla mejor. No le gustan las etiquetas, así que mejor no la defino y dejo que sus palabras hablen por ella. A mí me ha cautivado desde el minuto 1 que la conocí y me siento muy identificada con ella, con las cosas que cuenta y cómo las cuenta. Te la quiero presentar y si te apetece tomar un café con ella seguro que estará encantada de escucharte. He querido que te cuente en primera persona sobre su reinvención, su historia para descubrir su camino, su misión de vida, porque me ha parecido que te podía aportar claridad.

Te dejo con ella… y con una de sus frases que me ha impactado ‘ Reinventarse es mucho más que amar lo que haces’

De pequeña en los libros de pasatiempos mi favorito era el de “Une los puntos”. Un pasatiempo bastante estúpido, pienso ahora, porque de entrada intuías la forma que iba a tener, pero para mí en ese momento era emocionante fingir que no sabía lo que saldría e ir del punto 42 al 43 con una larga línea que inesperadamente le daba sentido al dibujo. Y, por supuesto, el punto final del dibujo estaba donde habías empezado. Pero no era en realidad el mismo sitio: después de un largo recorrido, había logrado crear una forma significativa… esa forma tenía sentido.

Tengo el placer de escribir para Isabel un post sobre mi reinvención, mi historia para encontrar mi misión de vida. Y me hace la gran pregunta: ¿sientes que estás haciendo lo que has venido a ofrecer al mundo…?

¿La verdad? No sé si existe en realidad eso que llamamos “misión” por más que lo oigamos y leamos. No sé si estamos destinados a nada. Conozco personas perfectamente satisfechas con sus vidas y las viven con sencillez sin misiones ni búsquedas imposibles. Luego si fuese una necesidad universal como comer o dormir, todos la sentiríamos. Creo que el sentido de “misión” es una demanda de nuestra mente que hunde sus raíces en nuestra cultura. Pero sea como sea, verdad o artificio, lo cierto es que muchos vivimos con la mariposa de la autorrealización revoloteando en nuestro interior…

Ya que mi historia está plagada de errores, voy a intentar que tengan algún sentido: que te ayuden a evitarlos y puedas tener la originalidad de cometer los tuyos propios. Así que allá voy:

Nací, crecí, fui una niña buena, hice lo que me decían, así que estudié… y estudié y estudié porque me prometieron que si me esforzaba mucho lograría lo que me propusiera. Y me esforcé y me esforcé… El esfuerzo es bueno, ¿no? Es lo que nos inculcan. Pero resulta que “demasiado de algo bueno es malo”, aprendí muchos años más tarde viendo Karate Kid de Jackie Chan.

Porque ¿cómo tanto esfuerzo me iba a llevar a lograr lo que me proponía si yo no sabía qué demonios era lo que me proponía? En aquel momento yo no sabía que a nadie le importa que no sepamos qué queremos, sólo que sepamos esforzarnos por un objetivo. ¿Cuál? No te preocupes, eso es lo de menos: si no sabes cuál es el tuyo, otros se ocuparán de que luches por el suyo… como la zanahoria que le ponen al caballo delante para que trote.

Pero ¿cómo vas a saber lo que quieres de verdad y para siempre (¿para siempre no es mucho tiempo…?) a una edad tan temprana cuando ni siquiera te has asomado al mundo, no sabes bien cuáles son tus recursos y no te has probado a ti misma? Einstein decía “No se puede resolver un problema con la misma mente que lo planteó, sino con una superior”. Lo que para mí significa, en este sentido, que la mente en esto no sirve para nada: tienes que vivir las cosas, experimentarlas, probarlas, verificar tu “feedback interior” cuando tienes tus vivencias… y entonces empiezas a estar preparado para marcarte un rumbo.

Lo único que yo he sabido siempre de mí es que el mundo me dolía, así que después de descartar Psicología porque a mi alma filósofa le parecía demasiado científica, decidí estudiar Educación Social supongo que, como otros, para cambiar el mundo (o para que dejara de dolerme…). Una carrera que me defraudó ya en el primer curso, pero que no tuve el valor de abandonar porque tampoco me sentía llamada por ninguna otra. Así que continué, sin mucha fe porque aún no conocía la preciosa idea de Steve Jobs sobre que “los puntos sólo se unen hacia atrás, así que tienes que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro”. ¿Debí haber cambiado de carrera? Tal vez, durante mucho tiempo pensé que sí, de hecho…

Porque un parón reflexivo siempre viene bien, ¿verdad? Pero si al hecho de tener poca información que valorar (pocas experiencias, poca madurez, poca orientación), le unes el no saber estar quieta, el resultado es un ir “de oca a oca” en un intento agotador y muy poco productivo de descubrir lo que quieres: por descarte, es decir, dando tumbos haciendo sin parar lo que no quieres, ¿te suena? Nunca tenemos bastante de lo que no queremos

Siempre me dijeron que era una pena ser brillante en los estudios y tener tan poco amor al dinero porque podía haber orientado mis esfuerzos a carreras mucho más “lucidas”. La pregunta de fondo es: ¿qué es lo que te mueve por dentro? ¿El dinero? Perfecto: hazte implantólogo dental. ¿Viajar? Perfecto: hazte agente de viajes. ¿Ser escuchado? Perfecto: hazte conferenciante. ¿En mi caso? Lo que a mí me mueve es el sentido. Que lo que haga tenga sentido para mí.

¿Y cómo descubrí lo que tenía sentido para mí? Observándome (y sufriendo) en cada trabajo que he acometido y comprobando que en muy pocas ocasiones tenía estas sensaciones relacionadas con lo que denominan “el estado de flujo”:

  • Estar plenamente concentrada en el aquí y el ahora.
  • No desear escapar: no desear estar haciendo ninguna otra cosa, ni estar en ningún otro lugar ni con ninguna otra persona.
  • Sentir que, de alguna forma que desconozco, todo mi ser trabaja de forma unida hacia un objetivo. En mi caso actual, escribir libros u otros materiales y trabajar de tú a tú con personas en mis cafés. Cuando emprendo alguna de estas tareas, siento que mis palabras y mi energía salen solas, con facilidad… como si estuvieran ahí esperando a que les diera permiso para que se expresaran.

Y esto me lleva a un aspecto más importante en mi auto descubrimiento: no damos valor a aquello que hacemos con facilidad. De nuevo, porque estamos inmersos en la cultura del esfuerzo. Y yo no digo que las cosas no cuesten: lo que ahora me sale con facilidad, te puedo asegurar que no lo adquirí con la misma facilidad.

Así que es ahora cuando yo puedo unir los puntos de mi vida profesional: mi asignatura favorita siempre fue Lengua; llevo escribiendo desde niña; me interesaron desde siempre los libros relacionados con la psicología, la filosofía, la espiritualidad y el auto conocimiento; en la carrera de Educación Social siempre escogía asignaturas de libre elección relacionadas con la Lengua y la Literatura; las personas que me conocen (dentro del trabajo y fuera) siempre me “usaron”, en el sentido más bonito del término, para inspirarlas a afrontar sus circunstancias con otra perspectiva… aspectos, todos ellos, a los que nunca di ningún valor porque son tan parte de mí que me ha costado creer que puedo ofrecerlos al mundo también desde un punto de vista profesional.

Por eso, creo que reinventarse es mucho más que amar lo que haces. Cada uno de nosotros trae dentro su mensaje o sus mensajes. Acceder a ellos no es sencillo, leerlos e interpretarlos mucho menos. Pero ésos son nuestros dones con los que podemos servir al mundo. Y quien quiera que fuera lo que nos creara hizo que sintiéramos satisfacción de poder entregarlos.

Visita la web de Vanessa Gil para conocerla mejor

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