Saltar al vacío: de un burnout a un propósito de vida

Hoy vuelvo a compartir contigo un post invitado de Natalia Saldariaga, creadora de la ‘Cumbre Vivir en Equilibrio: Mujeres y Burnout’ en la que participé en septiembre. La conocí porque se puso en contacto conmigo para participar en el congreso online y cuando me contó su historia me enganchó completamente su recorrido vital y su fuerza. Me emocionó y me sentí muy identificada porque igual que a ella, a mí la enfermedad también me despertó y para mí también es un regalo. Te aseguro que su historia no te va a dejar indiferente, seguramente te emocione en algún momento y posiblemente te sentirás identificada. En el caso de Natalia siento que el burnout es la cruz de su vida y encontrarle el sentido a su cruz le ha dado la fuerza para descubrir su propósito. Pero voy a dejar que sea ella la que lo cuente con sus propias palabras.

Aquí puedes leer su historia ¡Disfrútala! 

No sé ni por dónde empezar para contar mi historia. Todo empezó el 16 de abril del 2016, cuando mi cerebro se desconectó de mi cuerpo.

De lo único que me acuerdo es que esa noche me había despedido de unos amigos después de haber cenado juntos. Y no sé como pasé de esa cena a una sala de urgencias. Sólo veía a médicos y a enfermeros reteniéndome y yo en estado de agresividad y de pánico. Cuando lograron calmarme, mi amiga Mónica, que fue el ángel que me acompañó toda la noche, pudo explicarme lo que había sucedido en las últimas 12 horas de mi vida.

Yo vivo en París y ese 16 de Abril había huelgas y manifestaciones. Cuando decidimos volver a casa después de la cena, no pudimos encontrar metro, ni buses, ni taxis. No había transporte público así que decidimos tomar unas bicicletas. Pocos minutos después me caí sin razón aparente de la bicicleta (no fui ni atropellada por un vehículo, ni golpeada por otra bicicleta). Iba SIN CASCO y me golpeé el lado izquierdo de la cabeza con el borde de un andén. Cuando me desperté en el hospital, me di cuenta que no podía hablar ninguno de mis 3 idiomas: ni Español, ni Inglés, ni Francés. No podía escribir y tenía problemas de equilibrio. Los médicos me explicaban una y otra vez que había tenido una fractura de cráneo y un hematoma. Esto había generado un problema de lenguaje y, sobretodo, un problema de memoria a corto plazo…

¡Me había convertido en Dory!

Y así empezó mi historia. Debo decir que en medio de todo esto siempre estuve bien rodeada y apoyada por varios ángeles. El segundo de ellos fue mi amiga María José, quien tomó unos días de vacaciones para acompañarme en el hospital y me recibió en su casa para continuar con mi recuperación. Nunca tendré como agradecerle su paciencia, su amor y su protección. Tuve compañía y apoyo constante. Mis amigos y mi familia estuvieron conmigo de lejos y de cerca. Nunca dejé de estar protegida.

Salí del hospital con una montaña de medicamentos. Estaba en pánico y sabía muy bien que había una razón detrás de esa caída en bicicleta. Los neurólogos me dijeron que yo había tenido un “Burnout” o el “Síndrome de Fatiga Extrema”.

Estaba “quemada” debido a todo lo que había sucedido en mi vida en los últimos años.

Desde el 2012 me había concentrado en convertirme en una máquina para conseguir dinero para poder ayudar a mi familia en Colombia. Mi padre había sufrido 3 derrames cerebrales. Mi hermana tenía Lupus y había sufrido una crisis muy fuerte y los gastos mensuales entre médicos, terapias y medicamentos eran enormes. A eso debía agregarle que en el 2014 había tomado una de las decisiones más difíciles de mi vida: divorciarme de mi esposo francés, Benjamin. Además, tenía un trabajo en una empresa de consultoría que no disfrutaba para nada.

Sentía que ninguna faceta en mi vida iba bien y me dediqué a buscar un nuevo trabajo como una loca. Esa era mi única obsesión. Trabajaba 12-15 horas al día, me la pasaba buscando trabajo los fines de semana pero no lograba conseguir resultados. No dormía ni comía bien, absorbía toda la angustia de mi familia en Colombia y poco a poco me fui hundiendo en un círculo vicioso lleno de drama. Había pasado tanto tiempo ahogada en unos niveles tan altos de estrés, que en lugar de estar viviendo estaba SOBREVIVIENDO. Cuando me subí a esa bicicleta, mi cerebro se desconectó.

¡Me caí de mi bicicleta y de lo que hasta ese momento era mi vida!

Me dediqué entonces a concentrarme en las terapias de lenguaje en Francés y en Inglés. Dios o el universo, o como quiera que entiendan la divinidad, me iba poniendo las personas indicadas en el momento indicado. Mi terapeuta estadounidense, Alicia Saba, ¡fue uno de esos regalos! Con sus técnicas de entrenamiento diario hice ejercicios que me ayudaron a recuperar mis 3 idiomas, a recordar el abecedario, a aprender de nuevo a sumar y a restar, a escribir y otros miles de ejercicios para recuperar la concentración y la memoria.

Mis días eran de trabajo y terapia constantes. Sin embargo, seguía con esa adicción al drama y como si no fuera suficiente la situación que estaba viviendo, yo no paraba de darme látigo a mi misma. Me sentía culpable y no dejaba de compararme. Es increíble hasta qué punto uno puede ser su propio torturador y enemigo. Aunque debo admitir que el contexto en mi vida ¡era bastante particular en ese momento!

Todo el tiempo me comparaba con todos y con todo…

En el momento en que me separé de Benjamin, en 2014, dos amigas muy cercanas estaban pasando por la misma situación. Maria José se había separado de su novia con la que había vivido por 3 años y Lia se había separado de su novio con el que había estado muchos años y con el que había acabado de mudarse. Las 3 teníamos el corazón muy roto. El tiempo pasó y en el 2016 Maria José había conocido a una nueva novia y ya estaban prácticamente viviendo juntas. Lia por su parte, había conocido a un francés nuevo, tenía una relación feliz y se iban a casar en enero del 2017. Y lo más increíble de todo, mi ex, Benjamin, había conocido a una nueva novia colombiana. Me anunció que se iba a vivir con ella ¡A BOGOTÁ en el 2017!!! ¿Whaaattttt? Yo, que era la colombiana que había venido a Francia persiguiendo a su novio francés y ahora que estaba divorciada, ¿no era yo la que supuestamente debería devolverse a Colombia? ¡PUES NO! La colombiana seguía en Francia y fue el francés el que terminó yéndose a Bogotá a vivir una nueva vida…con OTRA COLOMBIANA. ¿Esto no es muy paradójico y descabellado? En fin, todo esto me hacía volver y volver a la comparación. Todos estaban felices, comiendo perdices, en etapas diferentes en sus vidas y yo estaba sola. Estaba recuperándome de un accidente grave, en modo Dory, vulnerable y en involución.

Mientras ellos avanzaban, yo me sentía caminando para atrás como el cangrejo.

Como me la pasaba viendo TED Talks y conferencias para hacer mis ejercicios, veía muchos videos de YouTube y me encontraba con un montón de gente joven, realizada, que había encontrado su pasión ¡y que vivía de ella! Me sentía rodeada de niñitos exitosos. Estos millennials que nacieron en los noventas, cuando ya se había caído el muro de Berlín, cuando ya había ocurrido la primera guerra del Golfo y parecían tenerlo todo. “Hola, tengo 24 años, ya monté una empresa, soy millonario/a con mi negocio online y no necesito trabajar”… ¡Socorro!! Siento que con 35 años yo no sabía qué hacer con mi vida, no tenía trabajo, estaba en un país extranjero, sintiéndome estancada.

Definitivamente, como decía Theodore Roosevelt “la comparación es el ladrón de la alegría”.

Yo no había entendido que NINGUNO de estos pensamientos que me asaltaban tenían por qué ser ciertos y que cada persona vive su propio proceso. No sirve para nada la comparación.

Yo seguía y seguía reflexionando y me preguntaba: ¿Pero qué pasó con el 2016? El NO de Colombia para el proceso de paz + el BREXIT + la victoria de Trump + mi accidente…Como decía alguien muy gracioso en Facebook y en Twitter: “El 2016 parecía una película dirigida por Quentin Tarantino!”. Y yo sentía que yo estaba incluída en esa película absurda y seguía sintiéndome chiquitica, frágil y muy perdida.

Llegó un momento en el que me dije NO MÁS.

Me cansé de la sufridera y decidí ver las cosas de otra manera! Empecé a hacer algo que había procrastinado por años: MEDITAR. Empecé a leer libros sobre neuroplasticidad y crecimiento personal. Incluso comencé una terapia nueva: un neurocoaching con meditaciones y programación neurolingüística.

Entendí que tenía que dejar de verme como la víctima, que yo era responsable de la realidad que estaba viviendo. Que la película que yo estaba proyectando en mi vida, la había creado yo misma por más absurda y dolorosa que pareciera. Entendí que yo tenía el poder para crear una realidad diferente solo si tomaba consciencia y responsabilidad de mis pensamientos, mis emociones y mis acciones. Entendí que el accidente, en lugar de una tragedia, había sido otro regalo de la vida. Había sido una “wake up call” clarísima. Dios/el Universo me pusieron contra la pared porque era la única manera en la que yo iba a entender que me iba a autodestruir si seguía viviendo como lo estaba haciendo. Era la única manera de resetear mi mentalidad y las actitudes que estaba adoptando. Fue en ese momento que todo comenzó a tener sentido y entendí la perfección de todo lo que me había sucedido.

Sí, el universo es perfecto

Ha sido una etapa de altos y bajos, de ires y venires y éste es apenas el comienzo de toda esta nueva filosofía de vida. Lo único que puedo decir es que estoy lejos de involucionar. El año y medio de convalecencia significó para mi evolucionar, quererme, valorarme, pensar en mi, entender que yo soy mi prioridad y que yo soy suficiente. Entender que tengo el poder y la capacidad para hacer lo que yo quiera con mi vida. No dependo de nadie ¡y mucho menos de un trabajo! El Burnout me obligó a parar y a descansar. Algo que era imposible para mi hacer con el ritmo en el que estaba. Tuve que trabajar en mi salud mental y espiritual, cambiar mis hábitos diarios, y sobretodo dejar de correr por correr como un pollo descabezado sin nisiquiera saber para dónde iba. Correr solo por tener la conciencia “tranquila” pensando que al menos estaba haciendo algo… ¡ERROR, craso error!

El Burnout me dio la fuerza y el valor para salirme del trabajo en el que estaba ¡y que no me hacía feliz! Decidí buscar mi propósito de vida.

Saltar al vacío y salir de la zona de confort. No tengo ni idea qué voy a encontrar al otro lado, pero sé que ésta es la única manera de descubrir la magia. Decidí tenerme confianza, confiar en la vida y tener la seguridad de que voy a manifestar milagros con un proyecto profesional que me haga feliz.

Y a partir de este Burnout y de todo este trabajo interno, entendí que mi gran error era darle mi poder a eventos del mundo exterior.  Donde pones tu atención, pones tu energía y eso es lo que se manifiesta y se expande. Por lo cual decidí identificar mis sueños, mis pasiones, mis talentos y poner mi atención sólo en ellos. De esta manera creé la Cumbre Online Vivir en Equilibrio: Mujeres y Burnout. Evento al que invité a 30 expertos a hablar sobre el Burnout, a contarnos por qué le sucede más a mujeres que a hombres y a darnos herramientas sencillas y eficaces para derrotar la fatiga extrema. Hice realidad un sueño, logré hacerlo rentable y pude compartir mi historia para ayudar a otras mujeres.

Logré materializar una parte de mi propósito de vida.

Logré también convertir en realidad otro sueño: hacer el camino de Santiago. Todo esto no lo hubiese hecho la Natalia de antes del Burnout. La Natalia que no se permitía soñar.

Lo único que tengo claro en este momento es que no estoy sola. Estoy rodeada de una inteligencia superior que solo me ama y no me juzga. Ese amor inteligente es el que ha hecho que los médicos mismos digan que mi familia y yo somos auténticos milagros: mi papá recuperó el 95% de sus habilidades después de sus 3 derrames. Mi hermana está estable, sana y yo ya hablo y escribo de nuevo mis 3 idiomas.

El Burnout fue un gran regalo porque yo decidí verlo de esa manera. Como decía la hermosa Celia Cruz, “la vida es un carnaval”. La vida siempre será un carnaval… es solo una cuestión de decisión y de elección.

Natalia Saldariaga

 

Reinventarse es mucho más que amar lo que haces

Hoy te traigo un post invitado escrito por Vanessa Gil. Te animo a visitar su web y conocerla mejor. No le gustan las etiquetas, así que mejor no la defino y dejo que sus palabras hablen por ella. A mí me ha cautivado desde el minuto 1 que la conocí y me siento muy identificada con ella, con las cosas que cuenta y cómo las cuenta. Te la quiero presentar y si te apetece tomar un café con ella seguro que estará encantada de escucharte. He querido que te cuente en primera persona sobre su reinvención, su historia para descubrir su camino, su misión de vida, porque me ha parecido que te podía aportar claridad.

Te dejo con ella… y con una de sus frases que me ha impactado ‘ Reinventarse es mucho más que amar lo que haces’

De pequeña en los libros de pasatiempos mi favorito era el de “Une los puntos”. Un pasatiempo bastante estúpido, pienso ahora, porque de entrada intuías la forma que iba a tener, pero para mí en ese momento era emocionante fingir que no sabía lo que saldría e ir del punto 42 al 43 con una larga línea que inesperadamente le daba sentido al dibujo. Y, por supuesto, el punto final del dibujo estaba donde habías empezado. Pero no era en realidad el mismo sitio: después de un largo recorrido, había logrado crear una forma significativa… esa forma tenía sentido.

Tengo el placer de escribir para Isabel un post sobre mi reinvención, mi historia para encontrar mi misión de vida. Y me hace la gran pregunta: ¿sientes que estás haciendo lo que has venido a ofrecer al mundo…?

¿La verdad? No sé si existe en realidad eso que llamamos “misión” por más que lo oigamos y leamos. No sé si estamos destinados a nada. Conozco personas perfectamente satisfechas con sus vidas y las viven con sencillez sin misiones ni búsquedas imposibles. Luego si fuese una necesidad universal como comer o dormir, todos la sentiríamos. Creo que el sentido de “misión” es una demanda de nuestra mente que hunde sus raíces en nuestra cultura. Pero sea como sea, verdad o artificio, lo cierto es que muchos vivimos con la mariposa de la autorrealización revoloteando en nuestro interior…

Ya que mi historia está plagada de errores, voy a intentar que tengan algún sentido: que te ayuden a evitarlos y puedas tener la originalidad de cometer los tuyos propios. Así que allá voy:

Nací, crecí, fui una niña buena, hice lo que me decían, así que estudié… y estudié y estudié porque me prometieron que si me esforzaba mucho lograría lo que me propusiera. Y me esforcé y me esforcé… El esfuerzo es bueno, ¿no? Es lo que nos inculcan. Pero resulta que “demasiado de algo bueno es malo”, aprendí muchos años más tarde viendo Karate Kid de Jackie Chan.

Porque ¿cómo tanto esfuerzo me iba a llevar a lograr lo que me proponía si yo no sabía qué demonios era lo que me proponía? En aquel momento yo no sabía que a nadie le importa que no sepamos qué queremos, sólo que sepamos esforzarnos por un objetivo. ¿Cuál? No te preocupes, eso es lo de menos: si no sabes cuál es el tuyo, otros se ocuparán de que luches por el suyo… como la zanahoria que le ponen al caballo delante para que trote.

Pero ¿cómo vas a saber lo que quieres de verdad y para siempre (¿para siempre no es mucho tiempo…?) a una edad tan temprana cuando ni siquiera te has asomado al mundo, no sabes bien cuáles son tus recursos y no te has probado a ti misma? Einstein decía “No se puede resolver un problema con la misma mente que lo planteó, sino con una superior”. Lo que para mí significa, en este sentido, que la mente en esto no sirve para nada: tienes que vivir las cosas, experimentarlas, probarlas, verificar tu “feedback interior” cuando tienes tus vivencias… y entonces empiezas a estar preparado para marcarte un rumbo.

Lo único que yo he sabido siempre de mí es que el mundo me dolía, así que después de descartar Psicología porque a mi alma filósofa le parecía demasiado científica, decidí estudiar Educación Social supongo que, como otros, para cambiar el mundo (o para que dejara de dolerme…). Una carrera que me defraudó ya en el primer curso, pero que no tuve el valor de abandonar porque tampoco me sentía llamada por ninguna otra. Así que continué, sin mucha fe porque aún no conocía la preciosa idea de Steve Jobs sobre que “los puntos sólo se unen hacia atrás, así que tienes que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro”. ¿Debí haber cambiado de carrera? Tal vez, durante mucho tiempo pensé que sí, de hecho…

Porque un parón reflexivo siempre viene bien, ¿verdad? Pero si al hecho de tener poca información que valorar (pocas experiencias, poca madurez, poca orientación), le unes el no saber estar quieta, el resultado es un ir “de oca a oca” en un intento agotador y muy poco productivo de descubrir lo que quieres: por descarte, es decir, dando tumbos haciendo sin parar lo que no quieres, ¿te suena? Nunca tenemos bastante de lo que no queremos

Siempre me dijeron que era una pena ser brillante en los estudios y tener tan poco amor al dinero porque podía haber orientado mis esfuerzos a carreras mucho más “lucidas”. La pregunta de fondo es: ¿qué es lo que te mueve por dentro? ¿El dinero? Perfecto: hazte implantólogo dental. ¿Viajar? Perfecto: hazte agente de viajes. ¿Ser escuchado? Perfecto: hazte conferenciante. ¿En mi caso? Lo que a mí me mueve es el sentido. Que lo que haga tenga sentido para mí.

¿Y cómo descubrí lo que tenía sentido para mí? Observándome (y sufriendo) en cada trabajo que he acometido y comprobando que en muy pocas ocasiones tenía estas sensaciones relacionadas con lo que denominan “el estado de flujo”:

  • Estar plenamente concentrada en el aquí y el ahora.
  • No desear escapar: no desear estar haciendo ninguna otra cosa, ni estar en ningún otro lugar ni con ninguna otra persona.
  • Sentir que, de alguna forma que desconozco, todo mi ser trabaja de forma unida hacia un objetivo. En mi caso actual, escribir libros u otros materiales y trabajar de tú a tú con personas en mis cafés. Cuando emprendo alguna de estas tareas, siento que mis palabras y mi energía salen solas, con facilidad… como si estuvieran ahí esperando a que les diera permiso para que se expresaran.

Y esto me lleva a un aspecto más importante en mi auto descubrimiento: no damos valor a aquello que hacemos con facilidad. De nuevo, porque estamos inmersos en la cultura del esfuerzo. Y yo no digo que las cosas no cuesten: lo que ahora me sale con facilidad, te puedo asegurar que no lo adquirí con la misma facilidad.

Así que es ahora cuando yo puedo unir los puntos de mi vida profesional: mi asignatura favorita siempre fue Lengua; llevo escribiendo desde niña; me interesaron desde siempre los libros relacionados con la psicología, la filosofía, la espiritualidad y el auto conocimiento; en la carrera de Educación Social siempre escogía asignaturas de libre elección relacionadas con la Lengua y la Literatura; las personas que me conocen (dentro del trabajo y fuera) siempre me “usaron”, en el sentido más bonito del término, para inspirarlas a afrontar sus circunstancias con otra perspectiva… aspectos, todos ellos, a los que nunca di ningún valor porque son tan parte de mí que me ha costado creer que puedo ofrecerlos al mundo también desde un punto de vista profesional.

Por eso, creo que reinventarse es mucho más que amar lo que haces. Cada uno de nosotros trae dentro su mensaje o sus mensajes. Acceder a ellos no es sencillo, leerlos e interpretarlos mucho menos. Pero ésos son nuestros dones con los que podemos servir al mundo. Y quien quiera que fuera lo que nos creara hizo que sintiéramos satisfacción de poder entregarlos.

Visita la web de Vanessa Gil para conocerla mejor

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